Hay libros que no se leen por curiosidad, sino por instinto. No se busca en ellos una historia, sino un eco. La habitación de las niñas, de Pablo Escudero Abenza —ganadora del XXIX Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe—, no es tanto una novela negra como una novela herida. No se construye con pistas, sino con silencios.
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El valle que no se vuelve a pisar (a propósito de El camino, de Miguel Delibes)
El camino es, en realidad, una parábola sobre el precio de crecer. Daniel se va porque tiene que irse, como todos; porque el tiempo no se detiene, ni aunque uno se aferre a los muros del corral o al sonido del río al anochecer. Marcharse no es una traición, pero tampoco un triunfo: es la ley de la vida, que nos obliga a elegir entre el arraigo y el horizonte o, en otras palabras, entre la esencia y la inevitabilidad del cambio.
Las albadas: literatura en voz alta
Albada procede del latín albāta, emparentada con albus (“blanco”) y albāre (“blanquear”); alborada, de albor, “luz del alba”. Ambas comparten una misma raíz simbólica: el amanecer. En la poesía culta medieval, la alborada o alba fue el canto de los amantes que se despedían al amanecer; en la tradición popular, la albada se transformó en un canto colectivo de madrugada —de boda, de ronda o de Nochebuena— donde lo amoroso cedió paso a lo comunitario.
Parada militar
Sonó el redoble y la marcha se impuso como una ley antigua.La compañía entró por un lateral de la explanada. El paso, cadencioso, iba clavando el suelo al ritmo del pasodoble. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Un solo cuerpo, muchos pies.
Réquiem por un campesino español: Un funeral interminable
En las páginas de Sender, el campesino muere en nombre de unas ideas; en nuestra memoria reciente, el campesinado fue desapareciendo, arrinconado por las máquinas, las ciudades y el abandono. Y sin idealizar aquella vida dura y precaria, lo cierto es que con su marcha se apagó también un mundo de vínculos, de ritmos y de memoria que no hemos sabido reemplazar.
La zona gris en la que respiramos
Arendt nos enseñó que el mal puede ser administrado por gentes corrientes que hablan con consignas y cumplen órdenes con escrúpulo de funcionario; Levi nos obligó a reconocer que entre la inocencia y el crimen hay franjas de penumbra donde la libertad no desaparece, pero se encoge.
El filo de la vida: Karl Jaspers y las situaciones límite
Hay momentos en que la vida se quiebra de golpe: una enfermedad incurable, un accidente que arranca una vida joven, una pérdida que convierte el hogar en doloroso vacío. Karl Jaspers llamó a estos choques situaciones límite (Grenzsituationen): experiencias ante las que no podemos huir ni “arreglar” nada, que nos quitan la ilusión de control y nos colocan frente a lo esencial. En ese punto, dedicar energía a negar lo que ocurre solo multiplica el sufrimiento; lo que queda —si algo queda— es asumir el límite y afrontarlo con lucidez: no como repliegue interior, sino como una existencia más atenta, abierta al otro y a la trascendencia que Jaspers entendía en sentido filosófico, no confesional.
De la obediencia
Antonio Gala decía que lo más inteligente que se puede hacer en esta vida es desencadenarse: salirse del laberinto de la obediencia diaria, de esa organización que necesita esclavos para sostenerse. Salirse de esta cadena que nos consume. A riesgo de la soledad y de la falta de comprensión… pero también con la recompensa de darle a cada día su propio afán, su propio color, lejos del gris de la obediencia. Porque si la inteligencia no nos ayuda a vivir, ¿para qué sirve?
Cuando el ‘estoy bien’ es una armadura
Si alguien que lee estas líneas atraviesa un momento de desesperanza, que sepa que no está solo. En España existen recursos de ayuda inmediatos: el teléfono 024 de atención a la conducta suicida, disponible las 24 horas; el 112 en casos de urgencia; y el Teléfono de la Esperanza (717 003 717). Llamar puede parecer poco. Pero puede ser todo.
La segadora del tiempo
Madrugada de verano. Carro y mulo, hoz y paciencia: la misma coreografía repetida durante siglos. Pero aquella vez, en medio del compás de las hoces —las corbellas, como se llamaban en mi tierra—, irrumpió un ruido extraño desde el camino. Una segadora entró en el bancal y devoró en minutos lo que a mano habría costado un día entero.









