Contraataque sobrevive porque fija ese momento anterior, cuando todavía nada estaba ordenado y todo debía hacerse sin distancia. Mantiene la incertidumbre de quienes tuvieron que vivirlo desde dentro. Con el tiempo, las guerras acaban convertidas en relatos. Contraataque no aclara la guerra. Conserva la confusión de quienes tuvieron que vivirla. Y por eso sigue siendo necesario.
El día en que dejemos de creer
En los últimos días he visto tantos vídeos e imágenes generados por inteligencia artificial que la pregunta ya no es si son falsos, sino si alguno sigue siendo real. El problema no es el engaño —eso no es nuevo—. Empieza a resquebrajarse algo más elemental: la confianza desde la que miramos. Cuando cualquier imagen, cualquier … Sigue leyendo El día en que dejemos de creer
Mientras tanto
La mayor parte de la vida no ocurre cuando creemos que ocurre. Ocurre mientras esperamos. En la cola del supermercado, en una sala de espera, detenidos en un atasco o mirando el reloj en una reunión que parece no terminar nunca. Durante años pensamos que ese tiempo no cuenta, que la vida empezará después. Y sin embargo es ahí donde se va quedando, como tiempo que no volverá.
Doce kilómetros
Muchos de los guardias civiles destinados a aquellos montes venían de la misma pobreza que los hombres a los que perseguían. No hacía las historias más justas, pero sí menos limpias. Aun así, en aquellos montes el miedo no había sido igual para todos, y eso también lo sabíamos. Algunos tuvieron que esconderse; otros no.
La mentira tiene las patas largas
Mi abuela de Casas Bajas decía que la vida era una mentira. Tardé muchos años en entender que no hablaba de engaño, sino de estructura: de la forma que adopta el mundo cuando necesita seguir funcionando. Durante años creí que la verdad terminaría imponiéndose. Aunque no fuera por justicia, pensaba que lo haría por desgaste. Hoy ya no lo creo. He visto cómo una mentira bien situada no solo sobrevive: asciende y se institucionaliza.
La prisa por opinar
La conversación pública se ha acelerado hasta el punto de confundir rapidez con razón y posición con pensamiento. Hace siglos, Baltasar Gracián ya advirtió algo parecido. Aconsejaba hablar “como en testamento”, porque la palabra, una vez dicha, ya no vuelve. No era una recomendación moral, sino una observación práctica: cuando la palabra se precipita, el pensamiento queda detrás.
Vigilar sin sentido
Hubo un tiempo —2004, tras los atentados del 11-M— en el que mi trabajo consistía en vigilar unas vías de tren: a veces en el eje Zaragoza-Calatayud, otras en el tramo Córdoba-Adamuz. No intervenir en ellas, no transformarlas, no decidir nada. Solo comprobar que seguían ahí, intactas, como si la atención sostenida pudiera, por sí sola, alterar el curso de lo imprevisible. Era oficial y estaba al frente de una pequeña unidad, pero la tarea tenía algo de inmóvil, de automatismo, de repetición nocturna sin progreso visible: bajar del vehículo, recorrer unos metros, hacer la misma pregunta “¿todo bien?”, recibir la misma respuesta “sin novedad”, volver a subir.
La mentira no siempre miente
Durante mucho tiempo pensé que la verdad terminaba imponiéndose. Tal vez no por justicia, sino por cansancio. Hoy ya no lo creo.
No somos tan importantes
La vida seguiría si mañana faltáramos. Tardaría poco en reorganizarse sin nosotros. Asumirlo no conduce al nihilismo, sino a algo más sobrio: hacer lo que toca mientras estamos, sin exigir al mundo que nos confirme a cada paso.
Vigilar las vías
Tras el accidente ferroviario ocurrido en Adamuz el pasado domingo, he vuelto a una experiencia que creía cerrada. En 2004, después del 11-M, fui enviado como oficial al frente de una unidad encargada de vigilar infraestructuras ferroviarias en el eje Córdoba-Adamuz.










