Contra el ruido, leer: Vicente Luis Mora y el arte de formar lectores

Foto de portada del libro Construir lectores, de Vicente Luis Mora. Reseñado en Zenda por Blas Valentín Moreno

No todo en este libro es indiscutible. Hay pasajes donde el autor roza cierta sacralización del lector cultivado, como si leer garantizara per se una conciencia más lúcida o incluso una superioridad ética. Y yo pienso que ni toda lectura transforma, ni todo lector comprende, ni todo libro merece el tiempo que exige. Al menos no todos los libros; o al menos no todos los libros a todos los lectores. Mi madre nunca leyó un libro. Iba al campo con la corbella en la mano, segando hierba para los animales —al mulo principalmente, aunque también para los conejos indianos—. Y sin embargo, pocas veces he conocido una conciencia más despierta.

Vivir antes de morir: Pedro García Olivo y El espíritu de la fuga

El espíritu de la fuga, de Pedro García Olivo. Su refugio en Alto Juliana, Sesga, Ademuz.

Mi amigo Marco Antonio Gordillo Rojas, catedrático de literatura española, leyó este libro por recomendación mía. Al mes, me escribió un correo breve, casi emocionado. Decía: “Gracias por hacerme leer El espíritu de la fuga, ese juego de espejos donde pensamiento y estilo, sensibilidad y forma, se tensan hasta la herida. Más allá de la ideología, hay literatura. Más allá de la rareza, una voz verdadera. Es una obra que sacude.” Eso hace Pedro García Olivo: sacude. No complace. No se explica. Quema.

Voces del ocaso

Voces del ocaso, en Zenda Libros, imagen de una cruz sobre un cementerio

No sois vosotras, claras, altas voces las que os pasáis del sol que cae, es mi alma. El sol que cae, última estación del día. Voces que anuncian la noche. Ocasos donde la luz se despide para siempre. Letum non omnia finit, luridaque evictos effugit umbra rogos. (La muerte no acaba con todo, y una sombra pálida vence a la pira y sobrevive.) — Propercio, Elegías, IV, VII.

Lengua sin linaje

Foto de Lengua sin Linaje, en Zenda Libros. Reseña de Blas Valentín Moreno

Vivimos tiempos en los que la literatura se confunde con el producto editorial. Se premia la presencia, no la exigencia. Se alza al autor, no a la obra. Se aplaude el eco, no el trabajo. Como escribió Goytisolo, la censura ya no es ideológica ni religiosa: es comercial. Se ejerce desde los algoritmos, desde los catálogos, desde el ritmo de novedades que devora lo que no rinde. No hay inquisidores, pero sí programadores de tendencias.

A la tierra, con sangre

A la tierra te escribo - Ferran Garrido

Hay libros que parecen escritos con tinta. Y otros, como este, con sangre. Ferran Garrido titula su poemario con una invocación: A la tierra te escribo. Pero no se trata solo de un guiño a Miguel Hernández —aunque lo hay, y hondo—, sino de una manera de entender la poesía: como respuesta desde el subsuelo, como eco de lo enterrado. El verso no como ornamento, sino como trinchera. Como memoria encarnada.

La literatura que no entra en el temario

La literatura que no entra en el temario, texto de Blas Valentín Moreno en Zenda

No creo que la literatura salve. Pero deja marcas. Y en un sistema donde todo se mide y se pesa, las marcas que no se ven son las que más duran. Por eso sigo enseñando sin método. Sin programa emocional. Sin discurso de coaching. Sigo fallando, claro. Pero también sigo buscando ese instante en el que alguien deja de mirar el reloj y empieza, por un momento, a estar en otra parte. Quizá eso sea enseñar literatura: no enseñar nada. Solo preparar el terreno para que algo pase. Y cuando pasa, escribirlo ya no es una forma de contarlo. Es una forma de decir que estuvo vivo. Que sigue estando.

Mortal y Rosa, de Francisco Umbral

Francisco Umbral y su hijo Pincho. Mortal y Rosa

Uno cierra Mortal y rosa con algo roto. No con una idea, ni con una frase redonda, sino con una fisura. Como si Umbral no hubiera escrito para explicar su dolor, sino para no olvidarlo. Y eso —esa necesidad de no olvidar— lo convierte en un libro más vivo que muchos nacidos para durar. A veces pienso que escribir sobre nuestros hijos es también empezar a perderlos. Poner en palabras lo que sentimos por ellos es ya una forma de alejarlos. Pero no hacerlo sería peor. Sería negar que pasaron por nosotros como una ráfaga. Como un relámpago breve que, durante un instante, lo iluminó todo.