De la obediencia

De la obediencia

Antonio Gala decía que lo más inteligente que se puede hacer en esta vida es desencadenarse: salirse del laberinto de la obediencia diaria, de esa organización que necesita esclavos para sostenerse. Salirse de esta cadena que nos consume. A riesgo de la soledad y de la falta de comprensión… pero también con la recompensa de darle a cada día su propio afán, su propio color, lejos del gris de la obediencia. Porque si la inteligencia no nos ayuda a vivir, ¿para qué sirve? 

La amistad se mide menos en los cafés compartidos que en las tormentas atravesadas

En la calma, la amistad se abarata. Se alimenta de cafés, de sonrisas, de complicidades ligeras. Todos parecemos buenos compañeros cuando no pasa nada. Pero basta una tormenta para que se despeje la niebla: entonces se ve qué queda en pie y qué se derrumba. Hay amistades que eran solo compañía de ocasión, afectos de buen tiempo. Cuando la soga aprieta, la primera tentación es soltar lastre, aunque ese lastre tenga nombre y rostro de amigo.

Juventud con títulos, pero sin futuro

La juventud de hoy no fracasa por falta de títulos ni de esfuerzo, sino porque el sistema les ofrece un guion sin desenlace. Estudian, trabajan, esperan… y al final solo encuentran contratos temporales, alquileres imposibles y un futuro que siempre se aplaza. El resultado es una generación que vive en suspensión: preparada y titulada para aspirar a más, pero condenada a menos. El talento se exprime, se desgasta y se descarta.

El único que siempre gana

Reloj de arena

Fue una mujer de hierro, como el filo de la corbella que sostenía en sus manos, capaz de doblar jornadas, segar y partirse el lomo sin quejarse. Hoy apenas sostiene un vaso de agua. La que caminaba los bancales cuesta arriba cargando haces de mies, ahora arrastra los pies por el pequeño comedor, como si cada baldosa fuera un obstáculo insalvable. El suelo que antes vencía con firmeza hoy la humilla. Cada movimiento es una negociación fallida con sus huesos.