El Castillo de Barrachina: Entre la historia y la bruma del recuerdo

Los muros del Castillo de Barrachina andados por Blas Valentín Pancorbo
Blas Valentín Pancorbo mira la aldea de Barrachina. Durante un momento el sol iluminó la aldea. Cuando quise sacar el móvil para inmortalizar el momento, el sol se escondió y salió otra foto menos espectacular. Tal vez sea mejor así.
La aldea de Barrachina desde el ‘Castillo’. Durante breves instantes, un fogonazo de sol iluminó la aldea. Cuando quise realizar la foto, ese momento ya había pasado. Tal vez sea mejor así.

Un lugar entre la historia y la leyenda

Los paisajes de Moya (Cuenca) encierran silencios que susurran antiguas historias. En el viento que se mueve y aúlla entre montes y barrancos, rebrota el eco de otras épocas, cuando las torres de vigilancia aún oteaban el horizonte y los caminos eran recorridos por hombres que nunca dejaron rastro en los libros de historia.

El Castillo de Barrachina es de esos sitios donde historia y leyenda se entremezclan, entre sus ruinas y los relatos que aún recuerdan los más viejos.

No es una gran fortaleza, ni mucho menos, como la de Moya. Es más bien una torre, un vigía olvidado en lo alto de una montaña que observa el valle del Turia desde tiempos inciertos. Aunque los documentos lo sitúan en la época islámica, lo cierto es que poco se sabe de sus orígenes exactos. Su función era clara: controlar los caminos, vigilar los movimientos en la frontera y, quizá, servir de refugio en momentos de peligro.

He visitado estas ruinas en varias ocasiones, las últimas con mi hijo, Blas, abriéndonos paso hasta lo alto entre breñas y aliagas, con un sendero marcado tan solo por nuestro afán de aventura. La forma más segura de llegar es por la ladera que da a la antigua aldea de Barrachina, donde el terreno es más suave y aún quedan en pie algunos muros castigados por el tiempo.

Pequeños bancales conformados en la ladera de la montaña, como gradas de anfiteatro, revelan un inexorable abandono. Todas aquellas tierras que un día fueron labradas con mulos (machos) aparecían ahora cubiertas de aliagas y otros yerbajos inútiles que una incipiente y siniestra primavera había engalanado de colores.

Las piedras siguen ahí, aunque la mayoría han cedido, dejando solo restos de lo que un día fue.

Castillo de Barrachina. Vistas desde la atalaya.
El lugar ofrece unas vistas espectaculares del valle del Turia.

Historia y función del Castillo de Barrachina

El Castillo de Barrachina fue algo así como una atalaya solitaria, nada de fortalezas impresionantes ni de castillos, una especie de vigía de piedra en un territorio fronterizo. Su ubicación, en lo alto de un monte con vistas al valle del Turia, deja claro su propósito: controlar los caminos, alertar de incursiones y vigilar el tránsito de personas y mercancías en una zona clave entre Al-Ándalus y los reinos cristianos.

Los restos arqueológicos y las referencias históricas apuntan a un origen islámico, probablemente entre los siglos IX y XI, en una época de taifas y defensas improvisadas. No estaba, pues, diseñada dicha atalaya para resistir un asedio relevante, sino como una torre de vigilancia con un pequeño recinto amurallado, similar a otras fortificaciones cercanas, como pudieron ser las de Castielfabib o Ademuz.

En las crónicas de la Reconquista ni siquiera aparece, o si lo hace no tengo referencias, lo que sugiere que fue abandonado antes o poco después de 1259, cuando el reino de Valencia pasó a manos cristianas. Es verdad que algunas fortificaciones islámicas fueron reaprovechadas, pero Barrachina, por su menor tamaño e irrelevancia implícita, cayó en el olvido.

Con los siglos, la ruina avanzó: la piedra pudo reutilizarse en otras construcciones, la erosión hizo su trabajo y lo que quedaba de atalaya se desmoronó. Hoy, quedan solo muros a medio caer y restos dispersos, estos últimos consecuencia a veces de aventureros con azada que han llegado al lugar en busca de tesoros escondidos.

Según el estudio arqueológico de Huélamo Gabaldón y Solias Arís (1996), el castillo tenía unos 70 metros de largo y entre 6 y 16 metros de ancho, con una forma rectangular ligeramente curvada en uno de sus lados. Los muros, construidos en mampostería de piedra local sin labrar, estaban reforzados con hiladas a sardinel, una técnica propia de las fortificaciones andalusíes de la Marca Media.

Desde lo alto de la montaña, la vista es sobrecogedora. El valle del Turia se extiende hacia el horizonte, el río dibuja su curso silencioso y el viento parece traer ecos de un pasado que ya no existe. No es difícil imaginar a los antiguos vigías oteando el paisaje, atentos a cualquier movimiento que rompiera la monotonía de los caminos.

Las leyendas del Castillo de Barrachina: Ecos de un pasado que se niega a morir

1. El pasadizo secreto

Se dice que un túnel subterráneo descendía desde el castillo hasta el río Turia.

Nadie ha encontrado la entrada… o si lo ha hecho, no lo ha contado.

Cuando era niño, se nos hablaba del castillo con un aire de misterio que encendía nuestra imaginación. Decían que los moros, antes de marcharse, habían enterrado allí un tesoro y que en la base de la torre existía un pasadizo secreto que llegaba hasta el río Turia.

«Nadie ha encontrado aún la entrada», nos advertían, como invitándonos a intentarlo. Hoy, al recorrer sus ruinas, me pregunto cuánto había de cierto en aquellas historias, y siempre llego a una conclusión parecida: tal vez solo fueran cuentos para que el castillo no cayera del todo en el olvido. O quizá, como ocurre con tantas leyendas, ‘algo’ de verdad quede aún enterrado entre sus piedras.

2. Susurros entre las piedras

En noches de viento, los que por allí pasaban afirmaban escuchar voces entre las ruinas del castillo. No eran palabras inteligibles, más bien susurros, murmullos de un viento que, al chocar contra las piedras, parecían recitar aspectos oscuros de la vida.

Algunos, más osados, aseguraban que se trataba de una lengua extraña, ni árabe ni latín, pero con cadencias familiares… mozárabe, decían los más atrevidos.

En otras atalayas y fortalezas abandonadas también se han oído voces que parecen venir de otra época, como si los antiguos habitantes no hubieran terminado de marcharse. Cuando las tropas cristianas tomaron la región, la mayoría de los musulmanes y mozárabes que habitaban la fortaleza la abandonaron sin mirar atrás. Pero hubo uno que se quedó.

Era el último vigía, un mozárabe que había servido a los andalusíes, pero que no tenía dónde ir tras la llegada de los conquistadores.

Murió solo, sin que nadie lo reclamara, y su voz se apagó con él. O quizás no del todo.

Los que cruzaban la zona en siglos posteriores aseguraban que, cuando el viento soplaba fuerte, podía escucharse un lamento, un murmullo mezclado con el silbido del aire. Algunos incluso juraban haber oído una voz intentando pronunciar palabras en un dialecto olvidado…

3. El tesoro maldito

Toda ruina tiene su tesoro enterrado. El Castillo de Barrachina no es una excepción.

Aventureros y cazatesoros siguen golpeando sus muros en busca de lo que, tal vez, ya haya sido encontrado… o nunca existió.

Conclusión: La última sombra de Barrachina

El Castillo de Barrachina ya no es un castillo, apenas lo es siquiera una ruina. Es un vestigio de algo que fue, un eco de un tiempo que ha quedado sepultado bajo el polvo de los siglos.

Cada piedra caída es un testimonio de su pasado, cada imaginado sendero que conduce hasta su cima es un viaje en el tiempo.

Los muros han desaparecido casi por completo, pero la sensación de que algo persiste en el lugar es innegable.

Tal vez la próxima vez que alguien visite el castillo, el viento traiga respuestas. O, tal vez, solo más preguntas.

Porque hay lugares donde el tiempo no pasa. Y el Castillo de Barrachina parece ser uno de ellos.

Referencias

Huélamo Gabaldón y Solias Arís (1996). «La fortificación rural andalusí de Barrachina».

Por entre los muros del Castillo de Barrachina
Blas júnior camina por sitios inverosímiles. Yo buscaba una leyenda en la zona, pero solo la encontré en él.

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