Contra los charlatanes

Bearded robed speaker addressing seated group in richly decorated study

El charlatán posee una cualidad envidiable: nunca permite que su ignorancia le estropee una opinión. Se reconoce menos por lo que dice que por la manera de decirlo. No vacila, no corrige una afirmación mientras la pronuncia ni concede a los hechos la posibilidad de complicarle el argumento. Habla con la seguridad de quien lleva años pensando un asunto, aunque haya empezado a pensarlo mientras abría la boca. La realidad, si discrepa, tendrá que explicarse.

Mortal y Rosa. El hijo y la herida

Wounded person sitting among withered roses; text reads “HIJO Y HERIDA” and “ENTRE ROSAS MARCHITAS”

A veces basta un gesto para que todo se detenga. El otro día vi a mi hijo Blas —ocho años, castaño, rápido como la luz baja de la tarde— correr entre las tumbas del cementerio de Casas Bajas, mi pueblo. Corría como quien no sabe aún que corre entre ausencias. Jugaba. Jugaba como solo juegan los niños: sin metáfora, sin peso, sin herida. Para él, las cruces son postes. Los nichos, ventanas. Las lápidas, piedras lisas de un río sin muerte. Todo en él era presente. Todo en mí, recuerdo.

Ese curioso abuso de la estadística

Videla, Borges

Hace unos días hablaba de Borges con Javier Paniagua, historiador y profundo conocedor de la vida política valenciana: fue director general de Educación de la Generalitat y diputado socialista por Valencia durante cuatro legislaturas. Me recordó el apoyo inicial de Borges a la dictadura argentina y aquella desconfianza hacia la democracia, de la que escribió que era «ese curioso abuso de la estadística».

Los Ceñajos

Los Ceñajos, en Moya (Cuenca)

Fui con Blas, mi hijo, a Los Ceñajos. Del sendero no quedaba nada. Las aliagas lo habían borrado. Avanzaba por donde el terreno parecía ofrecer menos resistencia, buscando un claro entre las aliagas y quebrándolas con el pie cuando no había otro modo de pasar. Blas caminaba detrás de mí, procurando no pincharse. Más de una vez me pidió volver a Casas Bajas. En algunos tramos había que salvar los muros de piedra de los bancales, escalonados unos sobre otros en la ladera. A veces tenía que esperarlo o tenderle la mano para subir o bajar. Los mosquitos estaban por todas partes.

En cuclillas

Ejército español. Blas Valentín

Cada uno elegía un lugar, dejaba el fusil apoyado a un lado —ni siquiera para aquello podíamos separarnos de él—, abría un hoyo con una pequeña pala y después se ponía en cuclillas. Al terminar, lo cubría con tierra antes de volver con los demás.

Don Avelino y los futbolistas

Professor striking boy's head with visible knuckle impact

—¿Qué queréis ser de mayores? Don Avelino hacía aquella pregunta de vez en cuando. Alguno respondía que médico, maestro o guardia civil. Pero siempre había un niño que decía: —Futbolista. Don Avelino no soportaba aquella respuesta. El aspirante a delantero centro recibía un coscorrón que probablemente no figuraba en ningún programa de orientación profesional.