Es más fácil indignarse por un sufrimiento cuyo remedio depende de otros. Para denunciarlo basta con escribir, firmar, lamentarse o exigir que alguien actúe. La injusticia cercana resulta más incómoda porque reconocerla puede obligarnos a renunciar a una ventaja, modificar una decisión o pagar más.
Categoría: blablabla(s)
El dibujo que no miré
—Papá, ¿qué orejas tienes? —Orejas de mono. Se echó a reír. Yo volví a mirar el retrato: aquellas orejas desmesuradas, aquella boca diminuta. Se parecía más a mí de lo que me habría gustado.
El reparto del mundo
Un día, mientras caminaba por Casas Bajas, José Carlos me llamó desde el interior de un descubierto. Se llevó el índice a los labios y me hizo pasar. Llamábamos descubierto a una casa de la que solo quedaban unas paredes bajas y una puerta de madera. La cerraja se abría con una llave larga, también de madera. Dentro había una colección entera de Joyas Literarias Juveniles.
La frontera cuando uno enferma
El habitante dependiente no inaugura negocios ni protagoniza campañas de repoblación. Necesita cuidados, a veces muchos, y también forma parte del territorio que decimos querer conservar. Una cosa es poder vivir en un pueblo y otra poder envejecer en él. Un pueblo no está verdaderamente vivo solo porque consiga retener habitantes. También debe ser capaz de sostenerlos cuando dejan de encajar en la épica de la despoblación.
Primero de afecto
De todos los alumnos que he tenido en Andalucía, quizá sea la que más recuerdo. A veces me pregunto qué habrá sido de ella.
El pariente pobre
A una profesora sevillana la llamaba yo, medio en broma, «Cayetana»: quizá por el apellido, por la ropa o por cierta elegancia antigua. Durante un tiempo no pasó de ahí. Hasta que un día, por curiosidad, busqué su nombre en Google y descubrí la relevancia social de su familia. Yo venía de un mundo campesino y jornalero del Rincón de Ademuz. Que precisamente a mí me impresionara el peso de un apellido tenía algo de traición a los míos.
El derrumbe
Fui a tapar una grieta y era la habitación entera la que se caía.
Contra los charlatanes
El charlatán posee una cualidad envidiable: nunca permite que su ignorancia le estropee una opinión. Se reconoce menos por lo que dice que por la manera de decirlo. No vacila, no corrige una afirmación mientras la pronuncia ni concede a los hechos la posibilidad de complicarle el argumento. Habla con la seguridad de quien lleva años pensando un asunto, aunque haya empezado a pensarlo mientras abría la boca. La realidad, si discrepa, tendrá que explicarse.
Mortal y Rosa. El hijo y la herida
A veces basta un gesto para que todo se detenga. El otro día vi a mi hijo Blas —ocho años, castaño, rápido como la luz baja de la tarde— correr entre las tumbas del cementerio de Casas Bajas, mi pueblo. Corría como quien no sabe aún que corre entre ausencias. Jugaba. Jugaba como solo juegan los niños: sin metáfora, sin peso, sin herida. Para él, las cruces son postes. Los nichos, ventanas. Las lápidas, piedras lisas de un río sin muerte. Todo en él era presente. Todo en mí, recuerdo.
Ese curioso abuso de la estadística
Hace unos días hablaba de Borges con Javier Paniagua, historiador y profundo conocedor de la vida política valenciana: fue director general de Educación de la Generalitat y diputado socialista por Valencia durante cuatro legislaturas. Me recordó el apoyo inicial de Borges a la dictadura argentina y aquella desconfianza hacia la democracia, de la que escribió que era «ese curioso abuso de la estadística».










