Palabras que no salen en los mapas

Palabras que no salen en los mapas. Tribuna abierta. Blas Valentín Moreno. Filólogo y escritor.
Palabras que no salen en los mapas. Tribuna abierta. Blas Valentín Moreno. Filólogo y escritor.

En mi casa, de niño, no había diccionarios abiertos sobre la mesa. Pero sí palabras que no salían en los mapas. Palabras que se decían desde siempre y que no estaban en los libros de texto. Palabras que no tenían etimología ni historia conocida, pero que formaban parte de la memoria viva del Rincón de Ademuz.

Algunas las oí decir a mis padres o a los vecinos mayores. Otras, las he encontrado en rincones de mi memoria, dichas alguna vez, en un momento tan concreto que parecen pertenecer más al corazón que al idioma. Palabras como garrucho, zamarro, saltiquiar, pajarel o manflorito, que dicen más de nosotros que muchos discursos sobre identidad.

Un día, el médico trataba de explicar a mi padre que debía tomar la pastilla en días alternos. Pero no encontraba la expresión adecuada. Mi padre le respondió: “¡Quiere usted decir que me la tome en días saltiquiaos!”. Esa palabra no estaba en ningún manual, pero servía mejor que cualquier término médico. Y esa es la fuerza del habla popular: nombra lo que el lenguaje oficial olvida.

Hay términos que vienen del campo, otros del carácter, otros del oído atento al vivir cotidiano. Garras para las piernas, ascla para la astilla, adaza para el maíz, enruna para el cascote o escombro, cindriao para el armazón de madera que sostiene el techo, gobanilla para la muñeca de la mano, zurrupia para el poso del vino, picaraza para la urraca. Arguellado, para la persona delgada, pálida, de aspecto mortecino; similar al también localismo espanado, cuyo verbo, espanarse, significa morirse de hambre. Templado, para la persona gallarda, de hermoso semblante y físico; también persona valiente, animosa. Somordo, para la persona taciturna, reservada, reconcentrada. Gosetero, para el alcahuete o curioso. Gayato para la persona alta. Niquitoso para el que es melindroso o minucioso: “Es muy niquitoso para ser pobre”. Jovenzano por joven o jovenzuelo. Parchas, como expresión local de hacer amistad rápida: Hicieron parchas enseguida”. En español, parcha es la fruta de la pasión, y quizá de ahí venga esta forma comarcal que equivale a “hacer buenas migas” con alguien desde el primer momento.

Volteao, para quien replica con enfado: “Se enfadó mucho y me habló voltea(d)o”. Hablar volteao es justo lo contrario de hablar bien: si lo correcto es expresarse con cortesía o benevolencia —como define el diccionario—, volteao es hablar al revés, con brusquedad, como quien da la vuelta al trato.

Muchas de estas voces pertenecen ya a un mundo que se ha ido. Un mundo en el que el lenguaje no era una construcción académica, sino un tejido vivo hecho de humor, de agudeza y de necesidad.
En 2015-2016 quise recoger, a raíz de un máster por la UNED, todo ese caudal en lo que llamé un Diccionario del habla del Rincón de Ademuz. No por nostalgia, sino por fidelidad. Porque lo que no se escribe, se pierde. Y porque cada palabra es una forma de estar en el mundo. Terminó dicho diccionario por ser el más creativo de mis libros.

Por eso sigo escribiendo desde la orilla. Desde ese margen del mapa donde las palabras aún conservan temperatura. Donde peuque, zoriza, tinglazo, tontilán o tontarra no son rarezas, sino parte del aire que se respira.

Los nombres geográficos del Rincón de Ademuz no son meros puntos en el mapa. Son memoria viva. Cada término —una hoya, una ombría, un azagador— tiene una historia, una forma de pronunciarse, una manera de ser entendida solo por quienes han habitado estas tierras. Ahí están, por ejemplo, la Hoya Somera, la Hoyuela, Peñacaida, Las Lomas o el Quiñoncillo. Nombres que designan no solo un lugar físico, sino también una forma de estar en el mundo.

Cada palabra tiene su lógica. Almajal, por ejemplo, es un terreno pantanoso o ciénago. Ceñajo, una oquedad en la roca que sirvió de abrigo. Ceja para la parte superior o cumbre del monte o sierra. Hoya es una concavidad u hondura grande formada en la tierra. Carrascal, Collado, Vago o Pieza no son conceptos abstractos: son lugares concretos que nuestros mayores nombraban sin dudar, porque nombrar era también recordar.
En esa geografía emocional, las palabras no solo señalan: conservan. Por eso conviene rescatarlas, escribirlas, decirlas en voz alta. Porque a veces —y solo a veces— lo que se nombra sobrevive. Y lo que sobrevive, nos nombra también.

Blas Valentín Moreno

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