La habitación cerrada

La habitación cerrada 30 Oct 2025/Blas Valentín Moreno / Mientras el río fluye

30 Oct 2025 Blas Valentín Moreno Mientras el río fluye

La habitación cerrada
30 Oct 2025/Blas Valentín Moreno  /  Mientras el río fluye

Sobre heridas que no se cierran y habitaciones que nunca se olvidan

Hay libros que no se leen por curiosidad, sino por instinto. No se busca en ellos una historia, sino un eco. La habitación de las niñas, de Pablo Escudero Abenza —ganadora del XXIX Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe—, no es tanto una novela negra como una novela herida. No se construye con pistas, sino con silencios. Se mueve no hacia la resolución de un caso, sino hacia la revelación de un dolor que venía de antes, y que nadie supo cómo frenar.Escudero traza su historia en un territorio que reconozco: el de las familias donde se hereda lo que no se dice. Donde el pasado sigue en pie como una habitación cerrada por dentro, con la llave oxidada del otro lado. El protagonista, Germán Calderari, es un hombre que recuerda con fechas, no con emociones. Un funcionario del tiempo. Un superviviente mudo de una infancia que no cerró del todo.

«Una habitación que aún existe en la memoria, donde algo ocurrió, y que sigue oliendo a lo que ya no está»

Cuando el libro comienza, parece que va a hablarnos de rutina, de juzgados, de provincias. Pero lo que se cuela es el temblor: un pasado familiar que regresa, una figura joven que irrumpe, una historia que vuelve como un parte médico. En cada página se nota que aquí el crimen no es el centro: el crimen es el telón de fondo de una tragedia privada. Y eso es lo que lo vuelve verdadero.

Hay un momento hacia el final —uno de esos que no se subrayan, pero que se te quedan pegados— donde una niña y una mujer regresan a la casa para recoger unas pocas cosas. La sobrina pregunta por una habitación concreta:

—¿La habitación de las niñas?

—Cosas de Germán.

Esa escena resume su centro emocional: una habitación que aún existe en la memoria, donde algo ocurrió, y que sigue oliendo a lo que ya no está. Esa habitación es metáfora, es espacio, es nombre propio.

«Escudero no escribe con morbo ni con fórmulas. Escribe con gravedad. Y eso se agradece»

Escudero no escribe con morbo ni con fórmulas. Escribe con gravedad. Y eso se agradece. Lo que ha construido no es solo una historia sobre el daño, sino una elegía por quienes vivieron mal, y por quienes, al intentar reparar las grietas, también se quebraron un poco más.

El capítulo 1 ya lo dejaba claro: este no era un libro de acción. Era un libro de regreso. Un descenso a ese cuarto cerrado que siempre evitamos. El capítulo 29, en cambio, deja otra certeza: la memoria se cura mal. No se cierra con bisturí, sino con compañía. Con reconocimiento. Con una caricia a tiempo.

“¿Puedo darte todos los besos que tenemos atrasados tú y yo?”, le dice una abuela a su nieta.

Esa frase vale más que mil juicios. Que mil declaraciones.

Eso es justicia también.

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