El pecado sin nombre

Casi nadie lo admite. Todos lo han sentido. La envidia no se proclama: se disimula. Y cuando se sufre, no es de lejos —es de al lado. Porque el brillo ajeno, en España, duele más que el fracaso propio.

«Envidia» (invidia) proviene del latín invidere: mirar con malos ojos. Y, sí, este “mirar mal”, ese “no poder ver al otro”, ha sido siempre su esencia. La envidia, como escribió Adam Smith, es “la pasión que mira con maligna ojeriza la superioridad de quienes realmente la merecen”. Por eso, en la envidia hay una confesión encubierta de inferioridad.

Caín mató a Abel no por maldad, sino por sentirse menos. Lucifer cayó no por debilidad, sino por no tolerar la luz ajena. Y la serpiente del Edén, símbolo del mal en la tradición, tentó, a través de la promesa de sabiduría, por resentimiento: el de quien no soporta que la criatura de Dios tenga una ventaja. En esa lectura, la envidia entra en escena. Por eso san Agustín la llamó “el pecado diabólico por excelencia”: porque no destruye por necesidad, sino por comparación.

Al final, la envidia es eso: una tristeza del alma disfrazada de juicio. Como apuntó Spinoza, “el envidioso se entristece con la felicidad del otro y goza con su desgracia”.

Y en España, este mal tiene casa propia y bandera. Lo advirtió Unamuno, lo repitió Baroja, lo lamentó Machado y lo remachó Cela con crueldad lúcida: el mal de España es la envidia. Cela lo sabía bien, porque la padeció de cerca. Aquí, quien sobresale no solo incomoda: paga. Cuesta aceptar que alguien brille —aunque lo haga con luz propia, sin intención de eclipsar—. Molesta que alguien destaque, incluso si ha llegado allí por talento y trabajo. El ascenso ajeno duele más que el propio estancamiento. No porque falte mérito, sino porque sobra rencor.

España está llena de víctimas de la envidia. No siempre se las nombra, pero todos las hemos intuido: profesionales a quienes se les cierra la puerta en el momento clave, investigadores obligados a hacer carrera fuera para ser tomados en serio dentro, escritores que cosechan más aplausos lejos que en casa. Al talento, casi nunca se le combate de frente: se le rodea de silencio, se le ahoga con cortesía. Incomoda el fulgor del que destaca sin pedir permiso.

En su novela Abel Sánchez: una historia de pasión (1917), Unamuno puso a la envidia en el centro. Joaquín, el protagonista, vive corroído por la sombra de su amigo Abel. Esa pasión —opaca, insidiosa— no solo hiere al otro: devora al que la padece.

Lo más cruel de la envidia es su cercanía. No viene de lejos, sino del vecino. No se envidia a Mozart, sino al violinista desconocido del conservatorio de al lado. A quien, sin hacer ruido, logra más que el envidioso. Porque la luz duele más cuanto más próxima.

Se envidia entre iguales, entre coetáneos, entre quienes desean lo mismo. La distancia —física o temporal— disuelve la comparación. Nadie envidia al que está fuera del alcance. El pobre no envidia al rico: envidia al otro pobre que asciende. Porque ese sí representa una amenaza. Porque ese —y no el lejano— refleja, como un espejo, lo que uno no ha sido.

La envidia no se declara porque es una confesión de inferioridad. Tal vez por eso nadie admite ser envidioso: porque hacerlo sería reconocer una derrota íntima. La envidia, escribió La Rochefoucauld, es la única pasión que nadie se atreve a reconocer.

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