Una neumonía en Ademuz

Una experiencia personal sobre la enfermedad y la fragilidad del cuerpo

Uno cree que la enfermedad es algo que llega de fuera. Un virus, un bicho, una mala racha. Algo ajeno, accidental. Hasta que un día descubre que el cuerpo no olvida nada. Que guarda memoria. Y que, cuando puede, pasa la factura.

Volví al pueblo con frío en los huesos. No un frío cualquiera, sino ese que se instala por dentro, como una chapa mal colocada en el pecho. Caminaba por los arrabales, cerca del río, y sentía una coraza metálica, desabrida, cerrándose poco a poco. No dolía todavía, pero avisaba.

Uno aprende tarde que la salud no es un estado natural, sino una tregua.

El termómetro marcaba más de treinta y nueve. La fiebre ondeaba sus fatigadas banderas.

Escalofríos, dolor en el pecho —como a carne viva—, dolor de cabeza, mareos.

Los años de fumador —eso que uno cree superado, archivado, cancelado— seguían ahí.

No en la conciencia, sino en los bronquios. Puertas mal cerradas. Hendiduras donde cualquier bicho, aparentemente neutral, encuentra acomodo.

El pasado no desaparece. Uno piensa que ha pasado página, que ya no es aquel de antes. Pero el cuerpo no olvida con la misma facilidad. Guarda lo que pudo y lo que no supimos cuidar.

Y cuando llega la fiebre, cuando falta el aire y el pecho se vuelve un territorio hostil, se entiende algo elemental: hay daños que no se anuncian y decisiones que parecen inocuas, cuya factura llega cuando ya no hay discusión posible.

Cuando fui a urgencias, en Ademuz, no hubo colas interminables ni pasillos saturados. Nadie muriéndose de espera, como ocurre en las grandes ciudades. Un médico joven, resolutivo, me miró sin solemnidad.

—No es gripe. No es COVID. Has fumado muchos años. Has dejado una puerta abierta.

Así, sin dramatismo. Como se dicen las cosas importantes.

Esto ya no era una molestia: era serio. Antibióticos orales. Un pinchazo en el culo que me dejó andando torcido hasta el coche. Y la certeza, por primera vez clara, de que el cuerpo no es un aliado automático.

La neumonía no vino a enseñarme nada: no trae mensajes ni moralejas, simplemente ocurre. Pero en ese ocurrir se cae una ilusión: la de la eternidad cotidiana. Esa con la que pensamos el trabajo, los proyectos, las discusiones, las urgencias falsas. Vivimos como si el horizonte de la finitud fuera una abstracción literaria.

No lo es.

La salud es un bien silencioso porque no se nota mientras está. Solo se revela cuando empieza a fallar. Entonces todo se recoloca: el tiempo, el orgullo, la prisa, incluso el pensamiento. El cuerpo, que parecía un escenario secundario, reclama el centro.

He pasado largas temporadas en Sevilla y he vuelto al pueblo. Y en ese regreso, con el frío encima y el cuerpo más expuesto de lo que uno cree, aparece una evidencia que solemos olvidar: nada está garantizado. Hay atención, y la conciencia tardía de que vivir no es acumular fuerzas, sino saber sostenerse cuando empiezan a faltar.

Nada heroico en todo esto. Ninguna épica.

Solo la constatación —incómoda, pero clara— de que el cuerpo resiste mientras puede.

Y de que nunca hubo garantías.

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