La última vez que escuché la palabra espanao no fue en un libro ni en un diccionario. Fue una noche de enero, en San Antón. Un hombre salió del baile con el vaso de vino en la mano y una mujer mayor, al verlo pasar bajo la luz fría de la calle, dijo en voz baja: “Está espanao”.
No quería decir solo que estuviera delgado. Quería decir algo más preciso y más triste: que se le veía sin sustancia, como si la vida le hubiera ido quitando el pan por dentro.
Luego supe que despanado significó precisamente eso: falto de pan. Pero allí, en boca de aquella mujer, la palabra ya no hablaba de trigo. Hablaba de un cuerpo, de un hombre, de todo lo que le había pasado por encima. Y entendí que aquellas palabras no estaban hechas para adornar el habla, sino para ver mejor.
Porque en el Rincón de Ademuz y en sus tierras vecinas se hablaba con una precisión que hoy casi hemos perdido. Se miraba fino. Había palabras para matices que ahora despachamos todos con cuatro adjetivos planos. Palabras que no complicaban la realidad: la afinaban.
Galbana, por ejemplo, venía a ser pereza, perrería, poca gana de hacer algo. Pero no tenía el mismo peso. En aquella palabra había más cuerpo que juicio. Se decía después de comer, con el calor encima, al volver a segar o a trillar a pleno sol, cuando el aire parecía parado y el cuerpo se venía abajo. Entonces no hacía falta explicar nada más: bastaba decir que uno llevaba galbana.
Somordo tampoco era simplemente callado. Un callado puede ser tímido, prudente o educado. El somordo era otra cosa: alguien que se guardaba dentro, que rumiaba, que hablaba poco y no se daba. No se decía de él que fuera malo ni bueno. Se decía somordo, y con eso bastaba para situarlo.
Y luego estaba lo contrario: hacer parchas. Dos personas que se entendían rápido, que cogían confianza sin esfuerzo, que se arrimaban bien en el trato. No hacía falta explicar nada más. Bastaba decir: “Han hecho parchas”. Y todo el mundo entendía que allí había prendido algo bueno, una confianza hecha enseguida, una manera de encajar sin ceremonia.
No eran palabras curiosas. Eran maneras de acertar. Decían si alguien estaba gastado por dentro, si otro andaba tomado por el cansancio, si uno vivía cerrado sobre sí mismo o si dos personas se habían encontrado bien en el trato. Nombraban lo que había, y lo nombraban con una precisión que hoy casi hemos perdido.
Por eso lo grave no es solo que esas palabras dejen de decirse. Lo grave es que se borren las diferencias que antes ayudaban a ver. Hoy decimos cansado, callado, delgado, simpático, y con eso parece que ya está todo dicho. Pero no está. Porque no es lo mismo estar cansado que tener galbana, ni ser callado que ser somordo, ni estar delgado que estar espanao, ni llevarse bien que hacer parchas.
Antes esas diferencias se veían y, porque se veían, se nombraban. Ahora muchas veces ni siquiera se perciben, y por eso entendemos peor a la gente.
En esta tierra hubo palabras que no servían para hablar mejor, sino para mirar mejor. No estaban en los libros, pero sí en la vida. No explicaban el mundo: lo afinaban. Y cuando una palabra así desaparece, no se pierde solo un sonido. Se pierde una forma de ver. Y una tierra que deja de ver ciertas cosas acaba, poco a poco, por no reconocerse.
