Los Ceñajos

Los Ceñajos, en Moya (Cuenca)

Fui con Blas, mi hijo, a Los Ceñajos. Del sendero no quedaba nada. Las aliagas lo habían borrado. Avanzaba por donde el terreno parecía ofrecer menos resistencia, buscando un claro entre las aliagas y quebrándolas con el pie cuando no había otro modo de pasar. Blas caminaba detrás de mí, procurando no pincharse. Más de una vez me pidió volver a Casas Bajas. En algunos tramos había que salvar los muros de piedra de los bancales, escalonados unos sobre otros en la ladera. A veces tenía que esperarlo o tenderle la mano para subir o bajar. Los mosquitos estaban por todas partes.

En cuclillas

Ejército español. Blas Valentín

Cada uno elegía un lugar, dejaba el fusil apoyado a un lado —ni siquiera para aquello podíamos separarnos de él—, abría un hoyo con una pequeña pala y después se ponía en cuclillas. Al terminar, lo cubría con tierra antes de volver con los demás.

Don Avelino y los futbolistas

Professor striking boy's head with visible knuckle impact

—¿Qué queréis ser de mayores? Don Avelino hacía aquella pregunta de vez en cuando. Alguno respondía que médico, maestro o guardia civil. Pero siempre había un niño que decía: —Futbolista. Don Avelino no soportaba aquella respuesta. El aspirante a delantero centro recibía un coscorrón que probablemente no figuraba en ningún programa de orientación profesional.

Los niños duermen cuando habla Goytisolo

Imagen de portada: Augustus Leopold Egg – The Traveling Companions (1862).

Mis hijos han atravesado media España en el asiento trasero del coche. Antes de saber situar en un mapa Andalucía, Ciudad Real, Albacete, Cuenca, Valencia y Teruel, ya conocían su versión más verdadera: calor, sueño, curvas, paradas y kilómetros. Para ellos, el viaje al Rincón de Ademuz no tiene todavía nada de regreso. Empieza con mochilas, botellas de agua, bolsas de patatas, juguetes perdidos bajo los asientos, una parada prometida que nunca llega tan pronto como quisieran y una pregunta que suele aparecer cuando no hemos terminado de salir de Sevilla: —¿Cuánto falta? Yo podría contestarles con una cifra. Seis horas, siete, ocho, según el tráfico, las obras, el calor, el navegador, las paradas. Pero en realidad no sé cuánto falta. En los viajes largos nunca falta solo lo que dice el navegador.