Fui con Blas, mi hijo, a Los Ceñajos. Del sendero no quedaba nada. Las aliagas lo habían borrado. Avanzaba por donde el terreno parecía ofrecer menos resistencia, buscando un claro entre las aliagas y quebrándolas con el pie cuando no había otro modo de pasar. Blas caminaba detrás de mí, procurando no pincharse. Más de una vez me pidió volver a Casas Bajas. En algunos tramos había que salvar los muros de piedra de los bancales, escalonados unos sobre otros en la ladera. A veces tenía que esperarlo o tenderle la mano para subir o bajar. Los mosquitos estaban por todas partes.
Autor: Blas Valentín
El éxito y el fracaso de Santiago Abascal
Un político no fracasa solo cuando pierde elecciones. También puede fracasar cuando gana y ya no está claro qué parte de aquello que prometió sigue intacta. El problema no es que Abascal haya cambiado. El problema es que el poder cambia incluso a quienes llegaron prometiendo precisamente lo contrario.
En cuclillas
Cada uno elegía un lugar, dejaba el fusil apoyado a un lado —ni siquiera para aquello podíamos separarnos de él—, abría un hoyo con una pequeña pala y después se ponía en cuclillas. Al terminar, lo cubría con tierra antes de volver con los demás.
Don Avelino y los futbolistas
—¿Qué queréis ser de mayores? Don Avelino hacía aquella pregunta de vez en cuando. Alguno respondía que médico, maestro o guardia civil. Pero siempre había un niño que decía: —Futbolista. Don Avelino no soportaba aquella respuesta. El aspirante a delantero centro recibía un coscorrón que probablemente no figuraba en ningún programa de orientación profesional.
Palabras para mirar mejor
Una noche de San Antón volví a escuchar una palabra que había oído toda la vida: espanao. La fiesta empezaba a apagarse cuando una mujer, al ver pasar a un hombre por la calle, dijo en voz baja:—Está espanao.
Cuando la virtud sale gratis
La verdadera prueba de una convicción no es lo que estamos dispuestos a recomendar, sino lo que estamos dispuestos a perder por ella. Mientras la factura la pague otro, hasta la virtud puede salir gratis.
La vanidad exige testigos
La vanidad no consiste en mirarnos demasiado. Consiste en colocar a los otros alrededor del espejo y esperar que ninguno se distraiga.
Una casa cerrada no está vacía
Los niños duermen cuando habla Goytisolo
Mis hijos han atravesado media España en el asiento trasero del coche. Antes de saber situar en un mapa Andalucía, Ciudad Real, Albacete, Cuenca, Valencia y Teruel, ya conocían su versión más verdadera: calor, sueño, curvas, paradas y kilómetros. Para ellos, el viaje al Rincón de Ademuz no tiene todavía nada de regreso. Empieza con mochilas, botellas de agua, bolsas de patatas, juguetes perdidos bajo los asientos, una parada prometida que nunca llega tan pronto como quisieran y una pregunta que suele aparecer cuando no hemos terminado de salir de Sevilla: —¿Cuánto falta? Yo podría contestarles con una cifra. Seis horas, siete, ocho, según el tráfico, las obras, el calor, el navegador, las paradas. Pero en realidad no sé cuánto falta. En los viajes largos nunca falta solo lo que dice el navegador.
La ofensa de pertenecer
"Uno acepta una palabra que no habría usado, una risa que no le nace, un silencio que al principio parece prudencia. Después descubre que ha ido entregando pequeñas zonas de sí mismo sin que nadie se las pidiera en voz alta"










