La vanidad no consiste en mirarnos demasiado. Consiste en colocar a los otros alrededor del espejo y esperar que ninguno se distraiga.
Autor: Blas Valentín
Una casa cerrada no está vacía
Los niños duermen cuando habla Goytisolo
Mis hijos han atravesado media España en el asiento trasero del coche. Antes de saber situar en un mapa Andalucía, Ciudad Real, Albacete, Cuenca, Valencia y Teruel, ya conocían su versión más verdadera: calor, sueño, curvas, paradas y kilómetros. Para ellos, el viaje al Rincón de Ademuz no tiene todavía nada de regreso. Empieza con mochilas, botellas de agua, bolsas de patatas, juguetes perdidos bajo los asientos, una parada prometida que nunca llega tan pronto como quisieran y una pregunta que suele aparecer cuando no hemos terminado de salir de Sevilla: —¿Cuánto falta? Yo podría contestarles con una cifra. Seis horas, siete, ocho, según el tráfico, las obras, el calor, el navegador, las paradas. Pero en realidad no sé cuánto falta. En los viajes largos nunca falta solo lo que dice el navegador.
La ofensa de pertenecer
"Uno acepta una palabra que no habría usado, una risa que no le nace, un silencio que al principio parece prudencia. Después descubre que ha ido entregando pequeñas zonas de sí mismo sin que nadie se las pidiera en voz alta"
Cuando el espliego se llamaba espliego
En el habla de los pueblos, antes de llamarse lavanda se llamó espliego. Y no era una postal: era madrugada, corbella, macho cargado, caldera, arrobas y cuatro perras. “Cuando el espliego se llamaba espliego”.
El uniforme y la culpa
Ningún poder duradero se presenta mucho tiempo con ropa vieja: aprende pronto las palabras nuevas, las causas nuevas, las cortesías nuevas, incluso las rebeldías nuevas, si con ello conserva la influencia, la herencia y el sitio en las instituciones, las empresas o los consejos donde se reparte lo importante. La culpa, en cambio, suele quedarse pegada a los símbolos más fáciles. Y el uniforme es uno de ellos.
En los entierros
En un entierro, muchos esperan algo más que consuelo. Esperan que alguien diga, sin mentir, que esa vida no queda reducida a una fecha, a una caja, a unas flores. Que hay una morada para lo que el mundo ya no puede guardar. Que la vida no ha sido en vano.
Manual para no vivir
Antonio Gala temía un mundo de relaciones fáciles y aburridas. Estamos entrando en él. Sobran palabras y faltan voces. Sobran fórmulas y empieza a entregarse incluso el temblor de comunicarnos. Una vida sin temblor, sin error y sin voz propia puede resultar muy correcta. A menudo funciona mejor. Pero también puede quedarse vacía, obediente, guiada por instrucciones que ayudan a pasar el tiempo. No a vivirlo.
Los obligaron a mirar
Contaba que dos presos intentaron escapar. Fueron capturados. Al alba, antes de que terminara de clarear, los presos fueron formados y obligados a presenciar la ejecución. No se trataba solo de matar a dos hombres. Se trataba de que todos aprendieran a mirar. O, mejor dicho, de que aprendieran que ni siquiera mirar les pertenecía del todo.
El animal vestido
En Mortal y rosa, Umbral dejó escrita una frase que parece dicha de paso y, sin embargo, no se me va de la cabeza: “La religión quiere darnos un alma y la cultura quiere darnos un traje”.










