Los niños duermen cuando habla Goytisolo

Imagen de portada: Augustus Leopold Egg – The Traveling Companions (1862).

Mis hijos han atravesado media España en el asiento trasero del coche. Antes de saber situar en un mapa Andalucía, Ciudad Real, Albacete, Cuenca, Valencia y Teruel, ya conocían su versión más verdadera: calor, sueño, curvas, paradas y kilómetros. Para ellos, el viaje al Rincón de Ademuz no tiene todavía nada de regreso. Empieza con mochilas, botellas de agua, bolsas de patatas, juguetes perdidos bajo los asientos, una parada prometida que nunca llega tan pronto como quisieran y una pregunta que suele aparecer cuando no hemos terminado de salir de Sevilla: —¿Cuánto falta? Yo podría contestarles con una cifra. Seis horas, siete, ocho, según el tráfico, las obras, el calor, el navegador, las paradas. Pero en realidad no sé cuánto falta. En los viajes largos nunca falta solo lo que dice el navegador.

El uniforme y la culpa

Imagen de portada: CRW Nevinson (1917) Reliefs at Dawn – Imperial War Museums / Public Domain

Ningún poder duradero se presenta mucho tiempo con ropa vieja: aprende pronto las palabras nuevas, las causas nuevas, las cortesías nuevas, incluso las rebeldías nuevas, si con ello conserva la influencia, la herencia y el sitio en las instituciones, las empresas o los consejos donde se reparte lo importante. La culpa, en cambio, suele quedarse pegada a los símbolos más fáciles. Y el uniforme es uno de ellos.

Manual para no vivir

Pedro García Olivo

Antonio Gala temía un mundo de relaciones fáciles y aburridas. Estamos entrando en él. Sobran palabras y faltan voces. Sobran fórmulas y empieza a entregarse incluso el temblor de comunicarnos. Una vida sin temblor, sin error y sin voz propia puede resultar muy correcta. A menudo funciona mejor. Pero también puede quedarse vacía, obediente, guiada por instrucciones que ayudan a pasar el tiempo. No a vivirlo.