La mentira no siempre miente

Durante mucho tiempo pensé que la verdad terminaba imponiéndose. Tal vez no por justicia, sino por cansancio. Hoy ya no lo creo.

Mi primera sospecha tuvo un origen laboral. Trabajé una vez en un periódico. No importa cuál. Entré como corrector, un oficio discreto que permite ver mucho sin figurar en nada. Allí aprendí algo que no se enseña: la mentira rara vez se presenta como falsedad. Suele llegar envuelta en énfasis, en indignación, en gestos morales.

Recuerdo un artículo que denunciaba la precariedad económica de unos sacerdotes a los que se llamaba “mártires” por cobrar una nómina de apenas 800 euros. Al corregirlo, señalé un error ortográfico. El director del periódico me respondió que el fallo era producto de su enfado, de su compromiso con la causa de los religiosos. No estaba justificando un error: estaba convirtiéndolo en virtud. Aquella frase se me quedó grabada: el error no era un descuido, era una emoción.

Pero yo, que era quien se lo corregía, ganaba menos de 800 euros mensuales. Otros profesionales del mismo periódico —algunos incluso becarios— cobraban menos que aquellos presbíteros de la Iglesia católica elevados, por vía retórica, a la categoría de “mártires”.

Con el tiempo comprendí que no se trataba de engañar al lector, sino de ofrecerle un relato en el que pudiera instalarse: reconocible, cómodo, moralmente asumible. La verdad, en cambio, llegaba sin música, sin foco, sin escenario.

Desde entonces leo los titulares de otro modo. No busco tanto lo que dicen como la forma en que se presentan. Porque he aprendido que el conflicto, cuando se convierte en relato, deja de necesitar verdad para funcionar.

Quizá por eso hoy sospecho de los relatos demasiado nítidos. Y sigo creyendo que la verdad importa, pero ya no espero que se imponga sola. Llega tarde. Y sin escenografía alguna.

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