23 Jul 2026/Blas Valentín Moreno / Mientras el río fluye
En casi todas las entregas de premios ocurre algo parecido. El elegido sube al escenario, recoge el objeto que certifica su singularidad y dedica los primeros minutos a negarla. Dice que no lo esperaba, que cualquiera de sus compañeros lo merecía, que el mérito pertenece al equipo y que los reconocimientos nunca fueron importantes. Mientras habla, varias cámaras fijan el instante exacto en que recibe uno.No hay necesariamente hipocresía. Puede sentir gratitud, pudor y una alegría verdadera. La vanidad no exige que las emociones sean falsas: le basta con que todas terminen apuntando hacia la misma persona.
Tampoco hace falta recibir un premio. Puede tratarse de una reunión, una comida o una fotografía. Esperamos que alguien advierta el trabajo, la inteligencia, la belleza o la bondad que hemos dejado a su alcance. Si nadie lo hace, la escena continúa, aunque ya con cierto escozor en el ego.
«No queremos únicamente que algo salga bien. También queremos que su resultado diga algo de nosotros: que un trabajo confirme talento, que una opinión revele inteligencia»
Se puede acudir a una cena después de haberse arreglado con más cuidado del que uno está dispuesto a reconocer y advertir que nadie ha dicho nada. Se puede exponer una idea en una reunión con el deseo sincero de contribuir y sentir una decepción leve porque la conversación haya seguido adelante sin detenerse en ella. Se puede hacer bien un trabajo y echar en falta que alguien aprecie la diferencia entre cumplir y hacerlo de una manera propia.
No queremos únicamente que algo salga bien. También queremos que su resultado diga algo de nosotros: que un trabajo confirme talento, que una opinión revele inteligencia o que una fotografía demuestre que aún seguimos siendo atractivos. Esperamos que revele alguna singularidad nuestra.
La belleza ofrece uno de los ejemplos más claros. A veces basta con que una mujer sostenga la mirada un segundo más, con que la conversación se altere apenas, con que conceda una atención que no reparte entre todos. Quien ha sido considerado atractivo durante años puede fingir indiferencia ante esas señales, pero rara vez deja de advertir su desaparición. No envejecemos solo físicamente. También cambia la manera en que los demás nos miran, y entonces descubrimos que una parte de nuestra identidad dependía de esa mirada.
«La lista no resiste una teoría estética seria, y quizá por eso funciona. Uno cree que va a transmitir una tradición y termina tarareando cosas que debería negar bajo juramento»
Algo parecido sucede con la inteligencia. Pensar bien puede satisfacer, pero también se desea producir la impresión de que se piensa bien. Eso de pensar bien a solas parece tener poco porvenir. Alguien introduce una precisión, recuerda una lectura, corrige un dato o espera el instante adecuado para pronunciar una frase que ordene la conversación de otra manera. Espera que alguien levante la cabeza. Después puede disimular el efecto, pero no ignorarlo. Si nadie reacciona, rara vez se culpa a la frase. Resulta más cómodo concluir que la sala no estaba a su altura.
En casi todos los sueños que soñamos despiertos hay público. No imaginamos solo la victoria, el éxito o la obra terminada: imaginamos también la mirada que los confirma. Alguien nos ve llegar, comprende por fin lo que valíamos o lamenta no habernos reconocido antes. Incluso a solas, la vanidad sabe llenar la sala. Y suele reservar las primeras filas para quienes se equivocaron con nosotros.
El vanidoso no necesita engañar a los demás. Necesita que compartan la versión que ha construido de sí mismo. Si esa versión no obtiene respuesta, rara vez la abandona. Busca la explicación en la torpeza, la envidia o la falta de criterio de quienes no han sabido reconocerla. La ausencia de admiración puede recibirse como un fallo de los demás, incluso como una injusticia: uno acaba creyendo que la vida le debe el reconocimiento correspondiente a su singularidad.
«Claro que en quien se niega a reconocer algo puede haber envidia, mezquindad o simple antipatía. Pero esa herida no convierte el reconocimiento en una obligación»
La falta de reconocimiento resulta especialmente dolorosa en el trabajo, porque allí la vanidad dispone de una coartada respetable. Quien pide que se valore su esfuerzo puede estar reclamando justicia: hay trabajos invisibles, méritos ignorados y personas mediocres que prosperan gracias a las relaciones, la oportunidad o el descaro. Estas últimas existen; ya lo creo. Pero también llamamos a veces injusticia a una decepción más íntima: no haber producido en los demás la impresión que esperábamos.
No toda alegría ante un elogio es vanidad, ni hay virtud especial en fingir indiferencia. El reconocimiento puede confirmar que un trabajo salió bien, que una persona nos desea o que alguien agradece lo que hicimos por él. Recibir una felicitación con gesto sombrío no mejora moralmente a nadie.
El problema empieza cuando dejamos de agradecer esa mirada y empezamos a esperarla. Si no llega, uno se siente herido porque los demás no han confirmado la imagen que había preparado para ellos. Claro que en quien se niega a reconocer algo puede haber envidia, mezquindad o simple antipatía. Pero esa herida no convierte el reconocimiento en una obligación.
«Se comparte una felicitación para agradecerla, una reseña para reconocer el trabajo del crítico y una fotografía del premio para celebrar a quienes lo hicieron posible. Todo puede ser cierto»
La ambición se dirige hacia una obra, un cargo, una meta o una conquista. Puede sobrevivir durante años sin público. La vanidad exige además que el resultado sea visible. La ambición quiere hacer algo; la vanidad necesita que ese algo nos distinga.
Se puede trabajar durante diez años en una novela porque se desea escribir una buena novela y, al mismo tiempo, imaginar la admiración que despertará. Se puede amar el trabajo solitario y vigilar después, con ansiedad, cualquier indicio de recepción. La mezcla no vuelve falsa la obra; solo vuelve menos limpio el relato que hacemos de nuestras intenciones.
La presunción directa produce rechazo, así que los logros se presentan con pudor. Ya no se dice: «Mirad cuánto me admiran». Se comparte una felicitación para agradecerla, una reseña para reconocer el trabajo del crítico y una fotografía del premio para celebrar a quienes lo hicieron posible. Todo puede ser cierto. La vanidad no necesita mentir; le basta con contar la parte de la verdad que más la favorece.
«La vanidad no consiste en mirarnos demasiado. Consiste en colocar a los otros alrededor del espejo y esperar que ninguno se distraiga»
Incluso quienes desprecian los premios suelen interesarse por que ese desprecio sea conocido. Hay quien recibe un elogio con una incomodidad tan visible que parece pedir que se lo repitan. La modestia puede ser sincera, pero también puede dirigir la ceremonia sin ocupar abiertamente el centro.
Escribir contra la vanidad no pone a salvo a quien escribe. También quien la denuncia puede esperar la admiración reservada a quienes parecen ver con claridad las debilidades ajenas.
Después de la entrega, alguien guarda el premio en una caja y alguien empieza a recoger las sillas. El elegido permanece todavía unos minutos en el centro, estrecha manos, escucha felicitaciones, repite que no esperaba nada de aquello y posa para una última fotografía. Al día siguiente volverá al trabajo. El reconocimiento habrá cambiado menos cosas de las que prometía el escenario.
Durante un instante, sin embargo, fue distinto de los demás y hubo testigos suficientes para demostrarlo.
La vanidad no consiste en mirarnos demasiado. Consiste en colocar a los otros alrededor del espejo y esperar que ninguno se distraiga.

Fantástico. 👌
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