Fui a tapar una grieta y era la habitación entera la que se caía.
No era la primera grieta, sino la primera que había empezado a mostrar lo que había detrás. Durante mucho tiempo las cosas sostienen todavía la forma que les hemos dado: la cal permanece sobre la piedra, la madera soporta en silencio lo que se le entrega, los muros conservan las señales de quienes pasaron por ellos, aunque en algún lugar haya comenzado ya una separación que ninguna mano alcanza.
No hay violencia en ese movimiento. La materia no se rebela contra nosotros; simplemente deja de acompañarnos. Lo que habíamos tenido por firme empieza a retirarse de la forma que conocíamos, y algo anterior aparece debajo: la piedra bajo la cal, el árbol remoto en la madera, una profundidad que el vaso nunca llegó a contener.
«Durante años vi a mi madre jalbegar paredes, segar con la corbella, matar gallinas, despellejar conejos, recoger almendras y cerrar pequeñas heridas de las casas»
Vamos dejando nombres, afectos y costumbres sobre el tiempo como quien coloca objetos en una habitación que cree suya. Los días se acumulan, ocupan espacio, adquieren peso, y esa repetición termina pareciéndose demasiado a una garantía.
Durante años vi a mi madre jalbegar paredes, segar con la corbella, matar gallinas, despellejar conejos, recoger almendras y cerrar pequeñas heridas de las casas como si el mundo pudiera mantenerse en pie a fuerza de manos.
Aquello que llamábamos nuestro era apenas lo que el tiempo todavía no había reclamado, una forma que nuestras manos sostenían mientras podían y que la costumbre nos había enseñado a confundir con permanencia, aunque por debajo la materia siguiera un curso al que también aquellas manos pertenecían desde el principio.
