Una tarde hablé por teléfono con la madre de un alumno que había suspendido Lengua y Literatura. Las demás materias las tenía aprobadas, algunas con buenas notas. Ella quería saber por qué la mía era la excepción y me pedía que revisara la nota.
A varias de mis razones les encontraba una objeción. Yo no siempre sabía responder en el momento. Mencionó más de una vez la posibilidad de presentar una reclamación ante la Administración educativa. Tenía derecho a hacerlo y lo planteó sin levantar la voz. Yo empecé a vigilar cada palabra.
A mí las mejores respuestas suelen llegarme después. Necesito escribir, volver sobre una frase, distinguir lo que pienso de lo que he conseguido decir. En una conversación difícil puedo descubrir el argumento adecuado cuando mi interlocutor ya ha colgado.
Aquella tarde escuché, expliqué y procuré que nada sonara desconsiderado. Quedé a su disposición y aseguré que pondría todo mi empeño en que su hijo saliera adelante. Yo tenía razones para mantener la nota, pero al teléfono ella defendía su posición mejor de lo que yo defendía la mía. Cuando colgué, seguía repasando lo que había dicho y lo que tendría que haber dicho.
Me senté a redactar un escrito para la madre y otro para la dirección del instituto. Sobre el papel intentaba ordenar mis razones.
Al cabo de un rato entró mi hijo.
Traía un retrato que me había hecho con bolígrafo azul. Me había puesto unas orejas tan grandes que la cara parecía dibujada entre ellas a última hora, una barba que ocupaba media cara y una boca diminuta que apenas había encontrado sitio. Quería enseñármelo.
Apenas lo miré. Me pareció una tontería que interrumpía un asunto importante. Le grité. No recuerdo las palabras exactas, pero sí su sentido: que me dejara en paz, que se fuera con su madre, que tenía que terminar aquello.
Durante la llamada había escogido las palabras una por una. Mi hijo no sabía nada de aquella conversación. Fue el único que me oyó gritar.
Más tarde miré por fin el dibujo. Retiré de la pared de mi escritorio una fotografía de Casas Bajas y lo puse en su lugar.
Mi hijo se acercó a mirarlo.
—Papá, ¿qué orejas tienes?
—Orejas de mono.
Se echó a reír. Yo volví a mirar el retrato: aquellas orejas desmesuradas, aquella boca diminuta. Se parecía más a mí de lo que me habría gustado.


Genial…👌
Gracias Blas 🙏
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Gracias a ti, Antonio. Un honor que me leas y que aprecio enormemente.
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