El último movimiento de la Novena sinfonía de Mahler parece no querer terminar nunca. La música se debilita, se interrumpe, vuelve a levantarse con una energía que ya no consigue sostener. Hay momentos en que apenas se escucha nada y otros en que los instrumentos regresan como si todavía tuvieran algo que decir. Hasta que dejan de hacerlo. Llega entonces un silencio del que la música ya no vuelve.
Algo parecido ocurre con ciertas vidas. No se malogran por una desgracia ni por una decisión equivocada, sino por una sucesión de decisiones perfectamente razonables. Hay que trabajar, pagar facturas, atender a los hijos, resolver problemas, cumplir compromisos. Cada obligación tiene su explicación y casi todas son legítimas. Lo inquietante es que podemos pasarnos décadas haciendo lo que debemos sin preguntarnos demasiado qué queríamos hacer.
Nos consolamos pensando que llegará un momento más propicio. Cuando termine el curso, cuando mejore la situación económica, cuando los hijos sean mayores, cuando nos jubilemos. La vida verdadera parece encontrarse siempre al otro lado de alguna dificultad. Y como las dificultades nunca desaparecen del todo, seguimos esperando.
Pero hay algo más incómodo que reconocer nuestra falta de tiempo. A veces las obligaciones también nos protegen de nosotros mismos. Mientras estamos ocupados, no necesitamos preguntarnos si somos felices, si seguimos queriendo lo que antes queríamos o si hemos acabado viviendo una existencia que apenas se parece a la que imaginábamos. Estar ocupado proporciona una coartada respetable. Nadie puede reprocharnos que trabajemos demasiado o que nos sacrifiquemos por los demás. Mucho menos nosotros.
Quizá por eso algunas personas se sienten desconcertadas cuando finalmente disponen de tiempo. Han pasado tantos años preparándose para vivir que ya no saben muy bien qué hacer con esa libertad. Los lugares a los que pensaban viajar han perdido parte de su atractivo. Las amistades se han enfriado. Algunas personas con las que contaban ya no están. Y aquello que durante décadas parecía esperarles pacientemente ha seguido su curso sin pedirles permiso.
No siempre podemos elegir. Hay necesidades, enfermedades y responsabilidades que no admiten aplazamientos. Pero también existen renuncias que nadie nos ha impuesto y que hemos aprendido a presentar como inevitables.
En la Novena de Mahler, la música se va extinguiendo sin que exista un instante preciso en el que podamos decir que todo ha terminado. Todavía queda un sonido, una última frase, algo que parece anunciar un regreso. También nosotros encontramos siempre una razón para seguir ocupados. Mientras tanto, las personas envejecen, los afectos cambian y aquello que deseábamos va perdiendo silenciosamente su lugar en nuestra vida. Quizá lo más difícil de aceptar no sea que el tiempo se nos acaba, sino que hemos aprendido a ayudarlo a pasar.
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BLAS VALENTÍN
