Hay conductores que toman las curvas de la Nacional 330 como si supieran que no viene nadie. Se abren, pisan la línea central, ocupan durante unos metros una parte del carril contrario y regresan al suyo. Es un movimiento breve, casi natural. Probablemente lo han repetido cientos de veces. Nunca les ha ocurrido nada y esa es, precisamente, una de las razones por las que siguen haciéndolo.
Desde hace días recorro casi a diario la carretera entre el Rincón de Ademuz y Teruel. Voy por la mañana y regreso muchas veces de noche. Al final del trayecto de ida hay un hospital. Al final del de vuelta, una casa. A veces circulo durante kilómetros detrás de un camión. Detrás de mí se forma una fila y alguno comienza a asomarse al carril contrario. Regresa a su sitio, espera unos segundos y vuelve a intentarlo. Finalmente adelanta. Siempre me pregunto qué habrá visto que yo no he visto. Al acercarme a Teruel, paso por el tramo entre Villastar y la capital, transformado por unas obras que se han prolongado durante años. Hay quien conoce esta carretera desde hace treinta años. Sabe dónde termina cada curva, qué rectas permiten adelantar y cuánto puede acelerar antes de llegar a la siguiente. O cree saberlo. Uno acaba conduciendo por la carretera que recuerda, no siempre por la que tiene delante.
En el término de Villel, entre los kilómetros 280 y 281, hay una roca enorme que obliga a la carretera a describir una curva pronunciada. Mi tío Francisco me contaba que aquella mole estuvo preparada con dinamita para hacerla volar al paso de un ejército enemigo. Nunca he sabido cuánto había de cierto en aquella historia. Ahora, cada vez que paso junto a la roca, mi teléfono pierde la cobertura. La recupera apenas unos metros después, cuando la dejo atrás. Conozco ya el punto exacto donde desaparece la señal y aquel en el que vuelve.
Una noche vi un zorro corriendo por el lateral de la carretera, hacia mí. Durante unos segundos lo vi aproximarse, iluminado por los faros. Después desapareció entre la vegetación. Otra noche apareció un jabalí enorme, negro como el carbón, que bajo las luces del coche me pareció del tamaño de un caballo. Cruzó la calzada y se perdió en la oscuridad.
Cuando otro coche invade nuestro carril, nos parece una imprudencia. Cuando somos nosotros quienes pisamos la línea, encontramos más fácilmente una explicación. Tampoco yo puedo asegurar que nunca haya inquietado a otro conductor. Tal vez alguna vez he calculado mal una distancia. Nadie sabe lo que ha pensado de nosotros la persona con la que acaba de cruzarse.
Por la noche, los coches aparecen primero como dos luces. Después se aproximan y pasan a escasa distancia. Detrás de cada parabrisas viaja alguien que regresa del trabajo, que va a buscar a un hijo o que tiene prisa por llegar a un hospital. Hay conductores que llevan treinta años recorriendo estas curvas y nunca han tenido un accidente. Conocen las rectas, los camiones y hasta los lugares donde se pierde la cobertura del teléfono. Saben dónde empieza cada curva y dónde termina. Lo único que no saben es quién viene de frente.

