«El que dice “vale”», en Las Provincias

Atendemos con especial diligencia aquello que, si no atendemos, puede volverse contra nosotros. No ocurre solo en las aulas. En las aulas se ve muy bien

Tenía quince años y unos tirabuzones que le caían sobre la frente. Se sentaba en clase, sacaba sus cosas y no molestaba. No levantaba la mano, aunque respondía si le preguntaba. Era educado y en Lengua iba mal. Un día le dije que podía suspender la asignatura. Me miró desde su sitio, pestañeó levemente, asintió con la cabeza y siguió a lo suyo.

No sé qué sintió. Puede que no le importara demasiado o puede que sí. Lo que sé es que no me causó ningún problema.

En los exámenes dejaba respuestas en blanco y escribía con imprecisión. Una vez me entregó uno especialmente malo. Miré las hojas y le pregunté si ya estaba. Dijo que sí. «Pero si apenas has hecho nada», le advertí. Contestó «ya» y volvió a sentarse.

Cuando devolvemos los exámenes, algunos alumnos descubren enseguida el medio punto que creen que les falta. Vienen a la mesa, discuten una respuesta o esperan al terminar la clase. Él recibía el suspenso, escuchaba que tenía que estudiar más y contestaba «vale».

Yo podía seguir con la clase.

He tardado años en comprender la comodidad que cabe dentro de ese «vale».

No hablo solo de él. He dado clase en Valencia, Cataluña y Andalucía y he asistido a muchas sesiones de evaluación. Hay nombres que detienen la reunión porque el alumno acumula partes, la familia reclama o ha vuelto a ocurrir algo. Se habla de qué hacer, de qué se ha intentado, de qué puede ocurrir. Después llega otro nombre. «No ha hecho nada». Un tres, un cuatro, y se pasa al siguiente.

El tiempo dedicado a cada nombre no mide su importancia. Sí condiciona cuánto llegamos a pensar en él.

He visto discutir durante minutos qué hacer con un alumno que nos hacía la vida imposible y pasar en segundos por el suspenso de otro que nunca había causado un problema. Yo estaba allí y algunas veces fui quien puso el suspenso.

No hace falta que nadie decida favorecer al que protesta. Basta con que unas demandas nos obliguen a responder y otras puedan quedar para después. Un alumno reclama y tendremos que contestarle; una familia escribe y habrá que responder; otro provoca un conflicto y habrá que resolverlo. El muchacho de los tirabuzones no exigía nada de eso.

Atendemos con especial diligencia aquello que, si no atendemos, puede volverse contra nosotros.

No ocurre solo en las aulas. En las aulas se ve muy bien.

El suspenso podía estar perfectamente justificado. Lo que no sé es si antes le había prestado suficiente atención.

Recuerdo con extraordinaria precisión a algunos alumnos que me hicieron la clase imposible hace diez o quince años. Recuerdo frases, insultos, partes, conversaciones con sus padres; podría situarlos todavía en determinadas aulas. De otros solo recuerdo que suspendían.

No sé cuántos hubo.

El muchacho de los tirabuzones sí permanece en mi memoria porque una vez hizo algo que no solía hacer. Se levantó y vino hasta mi mesa. Se quedó delante de mí. Sabía que estaba preocupado por Lengua y esperé que dijera algo. No consiguió decirme gran cosa.

También para pedir ayuda hacen falta recursos. Hay que encontrar las palabras, sentirse con derecho a detener al otro, saber incluso qué se puede pedir. Algunos alumnos llegaban a mi mesa sabiendo qué pregunta discutir, qué décima reclamar o qué explicación exigir. Él había conseguido llegar hasta allí, pero no mucho más.

Yo era su profesor de Lengua. Él tenía dificultades precisamente con las palabras.

Y yo esperé que hablara.

Era, además, exactamente el alumno que solemos pedir: educado, tranquilo, silencioso. No interrumpía, no discutía ni obligaba a detener la clase. Precisamente por eso resultaba tan fácil dejarlo para después.

Y muchas veces había alguien que no podía esperar.

No sé qué habría cambiado si yo hubiera preguntado más. Quizá nada. Tampoco quiero inventarle ahora las palabras que aquel día no encontró.

Recuerdo que volvió a su sitio.

Recuerdo también cómo recibía algunos exámenes suspensos. Yo le decía que tenía que estudiar más. Él me miraba y decía:

—Vale.

Screenshot

Deja una respuesta