
[Leer la publicación original en Las Provincias.]
España tiene numerosas zonas limítrofes donde los servicios más próximos pueden encontrarse al otro lado de una frontera autonómica
Este verano, al enfermar gravemente mi madre, descubrí que vivir en el Rincón de Ademuz y enfermar en el Rincón de Ademuz no son exactamente la misma cosa.
Casas Bajas pertenece a la provincia de Valencia. Teruel está a menos de cincuenta kilómetros por carretera; Valencia capital, a unos ciento veinticinco. Mientras una persona conserva su autonomía, esa singularidad geográfica puede resultar casi anecdótica. Se compra, se trabaja o se acude al hospital atravesando límites autonómicos que apenas preocupan a quien puede conducir y organizar su propia vida. El mapa político dice una cosa; los kilómetros, otra.
La frontera empieza a existir de verdad cuando uno deja de valerse por sí mismo.
No hablo de abandono sanitario. Sería falso. Aragón y la Comunitat Valenciana mantienen un convenio específico para atender las particularidades de sus zonas limítrofes. En el Rincón de Ademuz, el Hospital Obispo Polanco de Teruel asume la atención especializada incluida en su cartera de servicios; cuando se requieren prestaciones que quedan fuera de ella, la referencia pasa a centros valencianos. El Hospital San José de Teruel es, además, el centro de referencia para atención geriátrica y convalecencia. El convenio contempla también la coordinación del transporte sanitario urgente y no urgente entre ambas comunidades.
Sobre el papel, por tanto, la frontera está cosida. Una costura puede existir y, aun así, notarse cuando se tira de ella.
Una enfermedad grave no utiliza un solo servicio. Puede exigir hospitalización, consulta especializada, transporte sanitario, convalecencia y después cuidados que la persona ya no puede proporcionarse por sí misma. Cada institución conoce su parcela. El paciente, en cambio, no enferma por parcelas.
Ahí entra la familia.
Durante estos meses hemos tenido que seguir el rastro de una derivación preferente que en Teruel constaba enviada y en Valencia no aparecía. Escribimos a ambos hospitales hasta que la solicitud quedó localizada.
A esa incertidumbre se sumaron los desplazamientos entre Casas Bajas, Teruel, Llíria y Valencia. También se nos indicó que un estudio de imagen realizado en Zaragoza no podía remitirse directamente a Valencia. Lo llevamos en un pendrive. En otro momento, ante la dificultad de activar una ambulancia para un traslado entre Teruel y Valencia, se nos propuso utilizar un vehículo particular, pese a que el estado de la paciente hacía insegura esa opción. El transporte sanitario estaba previsto; lo que no estaba claro era cuál de los dos sistemas debía hacerse cargo.
Ahí aparece una forma poco vistosa de desigualdad territorial: ejercer el mismo derecho no exige el mismo esfuerzo a todas las personas.
La distancia deja entonces de medirse únicamente en kilómetros. También se mide en desplazamientos, llamadas, trámites, acompañantes disponibles y en la capacidad de una familia para sostener durante semanas una logística que nunca había previsto.
El Rincón de Ademuz permite verlo con especial claridad, pero el problema excede al Rincón. España tiene numerosas zonas limítrofes donde los servicios más próximos pueden encontrarse al otro lado de una frontera autonómica. No por casualidad existen convenios de cooperación entre comunidades. En esos territorios, la cooperación no es un privilegio: es la forma de adaptar la administración a la geografía real.
Pero la sanidad es solo una parte. Un hospital puede atender la enfermedad; al salir de él queda por resolver quién cuidará a una persona que ya no puede valerse por sí misma.
También hemos buscado una solución residencial. En pocas semanas, mi madre había pasado de organizar su propia vida a depender de otros para las actividades cotidianas. La residencia pública de Ademuz no tenía una plaza disponible para ella y otras alternativas exigían un grado de autonomía que ya había perdido. Según los datos de la Generalitat actualizados el 17 de junio de 2026, el centro cuenta con 42 plazas públicas y, entre quienes accedieron mediante el trámite de urgencia durante los doce meses anteriores, la espera media fue de 123 días.
Ahí cambia la pregunta. Ya no basta con saber si un pueblo resulta habitable para quien conduce, compra, trabaja y se desplaza. Hay que saber si puede sostener a quien deja de hacerlo.
No se trata de pedir que un territorio pequeño disponga por sí solo de todos los recursos. La cuestión es otra: cuando eso no es posible, deben existir alternativas accesibles y una coordinación que forme parte de la atención, no del trabajo de las familias.
El convenio entre Aragón y la Comunitat Valenciana demuestra que esa realidad ha sido reconocida y que las fronteras administrativas pueden flexibilizarse cuando la geografía lo exige. El reto empieza después: conseguir que esa flexibilidad acompañe al paciente durante todo el recorrido y que la familia no tenga que convertirse en la pieza que mantiene unido el sistema.
Precisamente porque no puede haber de todo en todas partes, cuanto más periférico es un territorio, menos debería recaer sobre el enfermo y su familia el esfuerzo de unir aquello que administrativamente está separado.
Durante años hemos aprendido a hablar de despoblación. Queremos fibra óptica, vivienda, actividad económica, escuelas abiertas, carreteras, teletrabajadores y nuevas familias. Todo eso importa.
Pero no todos los habitantes encajan igual de bien en el relato de la despoblación: unos resultan fotogénicos; otros, incómodos.
Es fácil defender el mundo rural cuando hablamos de paisaje, patrimonio, gastronomía, jóvenes que regresan o niños que mantienen una escuela abierta. Resulta bastante menos vistoso cuando hablamos de hospitalización, geriatría, transporte sanitario, ayuda domiciliaria, plazas residenciales y cuidados durante años.
El habitante dependiente no inaugura negocios ni protagoniza campañas de repoblación. Necesita cuidados, a veces muchos, y también forma parte del territorio que decimos querer conservar.
Una cosa es poder vivir en un pueblo y otra poder envejecer en él.
Un pueblo no está verdaderamente vivo solo porque consiga retener habitantes. También debe ser capaz de sostenerlos cuando dejan de encajar en la épica de la despoblación.Comenta

No me deja leerlo…🙄😳
Saludos Don Blas. 🙏
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Saludos, don Antonio. Creo que ya está…
Gracias por tu interés. Un honor.
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Cosas de las autonomías… Paradojas.
Gracias Don Blas 🙏
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